📸 Imagen cortesía Gobernación de Antioquia
[¿Adiós en el Capitolio?]
Este lunes 11 de agosto de 2025, en el corazón político de Bogotá, el Congreso abrió sus puertas para un último homenaje a Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial, víctima de un atentado que enlutó la reciente historia nacional.
Lo que ocurrió fue la instalación de una cámara ardiente en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, un espacio solemne convertido en epicentro del duelo colectivo. Allí yace el cuerpo de Uribe Turbay, mientras la ciudadanía, líderes políticos y familiares se reúnen para recordar su figura y condenar la violencia que provocó su muerte. Las jornadas de acceso continúan, y el duelo tendrá su cierre en la Catedral Primada, donde se oficiarán las exequias.
¿Quiénes participan? No solo congresistas y parientes cercanos acompañan el velorio; también sobresale la asistencia oficial del gobernador de Antioquia y el alcalde de Medellín, quienes llegaron para expresar solidaridad y rechazo a los hechos que erosionan la democracia y la seguridad política del país. En el Capitolio, el ruido sigue siendo el protocolo legislativo: guardias de honor, discursos de despedida y el ingreso constante de figuras políticas y sociales que convierten el adiós en un acto público y político a la vez.
¿Dónde y cuándo pasa todo esto? Justo en ese monumento al poder legislativo ubicado en el centro de Bogotá, el lunes 11 de agosto comenzó el rito de despedida en el Salón Elíptico. La atención de los medios nacionales seguirá centrándose en esta jornada, mientras se espera el traslado final del cuerpo para la ceremonia religiosa en la Catedral Primada.
¿Por qué este acto ha movilizado a tantos actores? Porque la muerte de Uribe Turbay no es solo un hecho trágico personal sino un símbolo de las heridas que amenaza la estabilidad política y social. La violencia contra líderes electos golpea no solo a sus familias sino al sistema democrático mismo, confirmando que en Colombia, las balas también arrebatan el futuro.
¿Cómo se vive el homenaje? Entre el silencio respetuoso y la protesta contenida, el Capitolio se convirtió en un espacio de memoria y reclamo. Las cámaras oficiales transmiten la suma de rostros dolidos; el calor humano que rodea el féretro desafía la ausencia física y convoca a una reflexión colectiva. La política y la ciudadanía se entrelazan en un mismo luto que no podrá apagarse fácilmente.
¿Podrá este acto público desbrozar el camino hacia una paz sin violencia? Mientras la cámara ardiente arde, esa pregunta persiste, como una sombra alargada en el corazón del Capitolio y la memoria del país.


