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Así fueron los días de cautiverio de Lyan José Hortúa, el niño secuestrado en Jamundí

¿Cautiverio que desvanece la infancia?

Una sombra de angustia se disipó el pasado 21 de mayo de 2025 en Jamundí, Valle del Cauca, cuando **Lyan José Hortúa**, un niño de apenas 11 años, volvió a la libertad tras 18 días de una odisea que retuvo su niñez entre montañas y miedo.

El 3 de mayo, alrededor de las 6:30 de la tarde, cinco hombres armados y encapuchados irrumpieron en el hogar de esta familia en el corregimiento de Poterito. La violencia fue inmediata: sometieron a quienes estaban presentes y se llevaron al menor, en un acto que no solo desató una rápida ola de indignación colectiva, sino que también movilizó a toda una región. Durante ese trance, una empleada doméstica fue retenida por horas, un testimonio más del violento vértigo de la escena.

Las autoridades identificaron a los captores como miembros del **Frente Jaime Martínez**, disidencias de las FARC, que desplegaron esta acción aparentemente para sostener exigencias extorsivas. Este episodio estremeció a Colombia y activó un abanico de instituciones comprometidas con la defensa de los derechos humanos: la Defensoría del Pueblo, la Iglesia católica, la ONU y el Comité Internacional de la Cruz Roja, todos empeñados en facilitar el regreso seguro del niño.

Los días de cautiverio de Lyan José transcurrieron entre amenazas permanentes y un encierro implacable. Los primeros cuatro días permaneció amarrado, con la única esperanza de la comunicación en dos videollamadas con su familia. Su relato —dado ya en libertad— describe un espacio remoto, oculto entre montañas, custodiado por hombres de camuflado y perros rottweiler que custodiaban la noche, como feroces centinelas del miedo. Para sobrellevar esa soledad forzada, el niño hacía marcas en la pared con sus uñas y dibujaba —pequeños actos de resistencia contra el tiempo suspendido.

El clamor social fue decisivo. La presión ciudadana, acompañada por la articulación institucional y la solidaridad internacional, forzó un desenlace esperado pero no menos conmovedor. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿qué heridas invisibles deja esta experiencia en un niño que apenas está comenzando a descubrir el mundo?

Mientras la comunidad celebra su regreso, queda el vacío de lo vivido y la urgente necesidad de esclarecer por completo este capítulo en la historia de la violencia en Colombia. ¿Será posible restaurar la seguridad y la infancia que le fueron arrebatadas? ¿Podrá la justicia llegar entre montañas y sombras, allí donde el miedo quiso anidar para siempre?

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