Ya son 11 los muertos en Barranquilla por intoxicación

📸 Imagen cortesía: Anh Tuan. Vía Pexels. Imagen de referencia
¿Coco mortal en El Boliche?

En la tarde del jueves 25 de septiembre de 2025, Barranquilla enfrentó una tragedia silenciosa: once personas perdieron la vida tras consumir ‘cococho’, un licor adulterado que circulaba por el sector de El Boliche, en el corazón de la ciudad.

Los hechos se desencadenaron entre el miércoles 24 y jueves 25, cuando esta peligrosa mezcla artesanal, vendida a solo 2.000 pesos, se distribuyó entre recicladores, vendedores ambulantes y habitantes de calle. Lo que parecía un acceso económico a una bebida, rápidamente se convirtió en una pesadilla médica. Las víctimas fueron ingresadas con cuadros graves de intoxicación, donde la acidosis metabólica severa, la ceguera y daños neurológicos irreversibles marcaron el doloroso perfil clínico.

Este ‘cococho’ no es un licor cualquiera. Según las autoridades y expertos, se trata de una mezcla que incluye alcohol industrial, madera y restos de aguardiente, elaborada y comercializada en condiciones insalubres. El toxicólogo Agustín Guerrero advirtió: “Este alcohol, consumido en cantidades mínimas, produce daños irreversibles en cerebro y órganos vitales. Los pacientes que sobreviven suelen quedar ciegos o con secuelas permanentes”.

El escenario humanitario se volvió aún más grave al comprobar que cinco de las víctimas fueron encontradas sin vida en la calle, mientras las demás luchaban en hospitales locales contra un daño que parecía implacable. La población afectada forma parte de los sectores más vulnerables, desplazados a menudo por la necesidad y la carencia, quienes al buscar una solución barata a su sed hallaron el riesgo fatal. Entre ellos, también figuran vendedores informales y coteros del centro histórico.

Ante esta crisis, las autoridades de Barranquilla reaccionaron instalando un Puesto de Mando Unificado con la Secretaría de Salud, la Oficina de Gestión de Riesgo y la Secretaría de Gobierno, buscando controlar la emergencia y evitar más tragedias. Sin embargo, la pregunta queda en el aire: ¿cómo garantizar que lo que hoy se vende en las calles no siga erosionando vidas?

Este episodio doloroso desnuda no solo las brechas económicas y sociales de una ciudad, sino también el vacío de regulación y protección sobre las poblaciones más expuestas. A partir de ahora, será inevitable preguntarnos si las políticas públicas pueden alcanzar las cicatrices que la informalidad y la pobreza dejan en escondites como El Boliche. Pero el dolor permanece, como la lluvia.

¿Podrá Barranquilla sanar este daño invisible antes de que la cifra aumente? ¿O seguirá la tragedia siendo un eco más en sus calles?

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